Un libro sugerente, imprescindible, básico sobre las ideas que queremos desarrollar.
La mano que piensa analiza la esencia de la mano y su papel
crucial en la evolución de las destrezas, la inteligencia y las
capacidades conceptuales del hombre. La mano no es solo un ejecutor fiel
y pasivo de las intenciones del cerebro, sino que tiene intencionalidad
y habilidades propias. Su autor, Juhani Pallasmaa, hace hincapié en los
procesos relativamente autónomos e inconscientes del pensamiento y el
obrar en la escritura, la artesanía o en la producción de arte y
arquitectura.
Organizado en ocho capítulos, este estudio explora el entendimiento
silencioso que yace oculto en la parte existencial de la condición
humana y sus modos de ser y experimentar específicos. En último término,
su objetivo es ayudar a sacudir los cimientos del paradigma de
conocimiento conceptual, intelectual y verbal, hegemónico en la esfera
de la arquitectura, en aras de otro conocimiento: el tácito y no
conceptual de nuestros procesos corporales.
Juhani Pallasmaa (Hämeenlinna, Finlandia, 1936) es arquitecto y
trabaja en Helsinki. Fue profesor de arquitectura en la Universidad de
Tecnología de Helsinki, director del Museo de Arquitectura de Finlandia y
profesor invitado en diversas escuelas de arquitectura de todo el
mundo. Autor de numerosos artículos sobre filosofía, psicología y teoría
de la arquitectura y del arte, su obra
Los ojos de la piel. La arquitectura y los sentidos
(Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 2006) se ha convertido en un
clásico de la teoría de la arquitectura y es de lectura obligatoria en
diferentes escuelas de arquitectura de todo el mundo. Pallasmaa es
también autor de
The Architecture of Image: Existential Space in Cinema (2001),
Encounters. Architectural Essays (2005) y
Una arquitectura de la humildad (2010).
Extracto de la introducción
Existencia corporal y pensamiento sensorial
“En resumen, lo que propongo es que la psicología del ser humano maduro
consiste en un proceso en desarrollo, emergente, oscilante y en espiral
marcado por una subordinación progresiva de sistemas de comportamiento
más antiguos y de menor rango hacia sistemas más nuevos de un rango
superior a medida que cambian los problemas existenciales del hombre”.
Clare W. Graves
La cultura consumista occidental continúa proyectando una doble actitud
respecto al cuerpo humano. Por un lado existe un culto al cuerpo
obsesivamente estetizado y erotizado, pero, por el otro, se celebran de
la misma manera la inteligencia y la capacidad creativa como algo
completamente separado, e incluso como cualidades individuales
exclusivas. En ambos casos, cuerpo y mente se entienden como entidades
no relacionadas que no constituyen una unidad integrada. Esta separación
se ve reflejada en la estricta división de las actividades y del
trabajo humanos en categorías físicas e intelectuales. Se considera el
cuerpo como un medio de identidad y presentación del yo, al tiempo que
un instrumento de atractivo social y sexual. Sin embargo, su importancia
se entiende simplemente en su esencia física y psicológica, pero se
infravalora y desatiende su papel como la base misma de la existencia y
del conocimiento corporales, así como de la comprensión total de la
condición humana.
Por supuesto, esta división entre cuerpo y mente tiene unos cimientos
sólidos en la historia del pensamiento occidental. Lamentablemente, las
pedagogías y las prácticas educativas imperantes también siguen
separando las capacidades mentales, intelectuales y emocionales de los
sentidos y de las dimensiones múltiples de las manifestaciones de los
humanos. Normalmente las prácticas educativas proporcionan algún grado
de formación física para el cuerpo, pero no reconocen nuestra esencia
fundamentalmente corpórea y holística. Por ejemplo, se aborda el cuerpo
en los deportes y la danza, y se admite que los sentidos están en
directa conexión con la educación artística y musical, pero nuestra
existencia corporal rara vez se identifica como la base misma de nuestra
interacción e integración con el mundo, o de nuestra conciencia y
entendimiento de nosotros mismos. El entrenamiento de la mano se
facilita en cursos donde se enseñan las habilidades elementales en la
artesanía, pero no se reconoce el papel integral de la mano en la
evolución y en las diferentes manifestaciones de la inteligencia humana.
Para decirlo de una manera sencilla, los principios educativos
imperantes no captan la esencia indeterminada, dinámica e integrada de
un modo sensual de la existencia, del pensamiento y de la acción del
hombre.
De hecho, resulta razonable suponer que anteriormente a nuestra actual
cultura industrial, mecanizada, materialista y consumista, las
situaciones de la vida cotidiana y los procesos de maduración y
educación proporcionaban una base de experiencias más global para el
crecimiento y el aprendizaje humanos por su interacción directa con el
mundo natural y sus complejas causalidades. En modos de vida anteriores,
el contacto íntimo con el trabajo, la producción, los materiales, el
clima y los fenómenos siempre cambiantes de la naturaleza proporcionaban
una abundante interacción sensorial con el mundo de las causalidades
físicas. Sugeriría también que los lazos familiares y sociales más
cercanos, así como la presencia de animales domésticos, proporcionaban
más experiencias para el desarrollo de un sentido de la empatía y la
compasión que el que se ofrece en la vida individualista y molecular de
hoy en día.
Yo pasé mis primeros años de infancia en la pequeña granja de mi
abuelo, en Finlandia central, y con la edad cada vez soy más consciente
de cuán en deuda estoy con la riqueza de aquella vida en la granja a
finales de la década de 1930 y en la década de 1940 a la hora de
proporcionarme una comprensión de mi propia existencia corporal y de las
interdependencias esenciales entre los aspectos mentales y físicos de
la vida cotidiana. Ahora creo que incluso el sentido de la belleza y del
juicio ético de cada uno de nosotros están firmemente basados en las
primeras experiencias de la naturaleza integrada del mundo de la vida
humana. La belleza no es una cualidad estética independiente; la
experiencia de la belleza surge de captar las causalidades e
interdependencias incuestionables de la vida. [...]